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FOMO: el miedo a perderte algo y cómo te roba el presente

¿Alguna vez has estado en un plan que te apetecía y aun así has mirado el móvil para ver qué hacían los demás? ¿Has elegido plan sintiendo que el otro habría sido mejor? Ese runrún tiene nombre, escala de medida y bastante investigación detrás.


Estás en una cena. Está bien. La conversación fluye, la comida es buena, la gente te cae bien. Y en algún momento coges el móvil, ves una historia de otro grupo en otro sitio, y algo cambia. Nada dramático. Solo una pequeña grieta: la duda de si el sitio donde estás es el sitio donde deberías estar.


Y a partir de ahí, ya no estás del todo en la cena.


Qué es exactamente el FOMO


El término se popularizó a partir del trabajo de Andrew Przybylski y sus colaboradores, que en 2013 publicaron en Computers in Human Behavior el primer estudio que lo conceptualizó y midió con rigor. Lo definieron como una aprensión generalizada de que otros puedan estar teniendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente, caracterizada por el deseo de mantenerse continuamente conectado con lo que los demás están haciendo.


El estudio, realizado con una muestra representativa de 2.079 adultos británicos, desarrolló además la Escala FoMO de 10 ítems, que sigue siendo hoy el instrumento más utilizado en la investigación sobre el tema, con más de 3.500 publicaciones científicas desde entonces.


El hallazgo clave: el FOMO no lo causan las redes


Aquí está el resultado más interesante del trabajo de Przybylski, y el que más se malinterpreta en la divulgación habitual. El estudio no encontró que las redes sociales causaran el FOMO. Encontró que el FOMO era mayor en personas con menor satisfacción de sus necesidades psicológicas básicas —autonomía, competencia y vínculo— según el marco de la teoría de la autodeterminación de Deci y Ryan.


Es decir: las redes no crean el FOMO desde cero. Amplifican y dan forma a un malestar que ya está ahí. Las personas cuyas necesidades psicológicas están mejor satisfechas —que sienten que dirigen su vida, que son capaces y que están conectadas de forma significativa— reportan menos FOMO, incluso usando las mismas plataformas.


Esto tiene una implicación clínica importante: si el FOMO es intenso y persistente, la pregunta más útil no es cuánto tiempo se pasa en redes. Es qué necesidad no está cubierta.


El FOMO no es miedo a perderte un plan. Es la sospecha de que tu vida, tal y como es, no está siendo suficiente.


Por qué el FOMO destruye la experiencia presente


Hay un mecanismo psicológico muy concreto por el que el FOMO deteriora las experiencias. La atención es un recurso limitado y en gran medida unitario: no se puede estar plenamente en dos sitios a la vez. Cuando una parte de la atención está monitorizando lo que ocurre en otro lugar, la experiencia presente se procesa con menos recursos y, por tanto, se vive con menos intensidad y se recuerda peor.


Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert publicaron en Science, en 2010, un estudio con más de 2.200 participantes que utilizó muestreo de experiencia en tiempo real. Su conclusión fue tajante: las personas eran significativamente menos felices cuando su mente estaba en otro sitio distinto a lo que estaban haciendo, independientemente de lo agradable que fuera esa actividad. Y encontraron algo más: la divagación mental predecía la infelicidad posterior, no al revés. Es decir, no es que estemos distraídos porque estamos mal. Estar distraídos nos pone peor.


El FOMO es una forma específica de esta divagación: una atención dividida entre donde se está y donde se podría estar.


La paradoja de la elección


Hay un factor adicional que ayuda a entender por qué el FOMO se ha intensificado. Barry Schwartz, psicólogo del Swarthmore College, describió lo que llamó la paradoja de la elección: cuando aumenta el número de opciones disponibles, no aumenta proporcionalmente la satisfacción. Al contrario, a partir de cierto punto disminuye, porque cada elección implica renunciar a más alternativas, y esa renuncia tiene un coste emocional.


Vivimos en un contexto donde el número de opciones visibles es históricamente inédito. No solo hay más planes posibles: hay visibilidad constante de los planes que otros están teniendo. Y cada uno de esos planes visibles se convierte en una alternativa no elegida. El coste de oportunidad, que antes era invisible, ahora tiene fotos.


Qué ayuda


Lo primero es identificar qué necesidad está debajo. Si el FOMO es intenso, casi siempre hay una insatisfacción de fondo que las redes solo están haciendo visible. Trabajar sobre esa insatisfacción es más eficaz que reducir el uso del móvil, aunque reducirlo también ayude.


Lo segundo es entrenar la atención plena en el sentido literal del término: la capacidad de dirigir la atención de forma voluntaria al momento presente. Existe evidencia razonable de que las intervenciones basadas en mindfulness reducen los niveles de FOMO, precisamente porque atacan el mecanismo central: la atención dividida.


Y lo tercero, más filosófico pero clínicamente útil: aceptar que perderse cosas es una condición estructural de la existencia, no un fallo que pueda corregirse. Cualquier vida vivida implica no vivir todas las demás. Reconciliarse con eso no es resignación: es la condición para poder estar de verdad en la que sí se está viviendo.

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Referencias y fundamento científico

Przybylski, A. K., Murayama, K., DeHaan, C. R., & Gladwell, V. (2013). Motivational, emotional, and behavioral correlates of fear of missing out. Computers in Human Behavior, 29(4), 1841–1848.

Killingsworth, M. A., & Gilbert, D. T. (2010). A wandering mind is an unhappy mind. Science, 330(6006), 932.

Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). The 'what' and 'why' of goal pursuits. Psychological Inquiry, 11(4), 227–268.

Schwartz, B. (2004). The paradox of choice: Why more is less. Ecco.

Elhai, J. D., Yang, H., & Montag, C. (2021). Fear of missing out (FOMO): Overview, theoretical underpinnings, and literature review. Brazilian Journal of Psychiatry, 43(2), 203–209.

 
 
 

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