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Por qué el scroll infinito te deja más vacío que antes

28 sept
4 min de lectura

¿Alguna vez has cogido el móvil para ver una cosa concreta y has levantado la vista cuarenta minutos después sin saber qué has visto? ¿Has terminado una sesión de scroll sintiéndote peor que cuando empezaste? No es falta de fuerza de voluntad. Es diseño.


Te tumbas cinco minutos. Solo cinco. Abres la aplicación con una intención vaga: desconectar un rato. Y de pronto han pasado cuarenta minutos. No podrías enumerar diez cosas de las que has visto. No hay nada que recuerdes con claridad. Y lo que sientes no es descanso: es una especie de embotamiento, una sensación difusa de haber perdido algo sin saber muy bien el qué.


Esa sensación tiene explicación. Y no dice nada malo sobre tu capacidad de concentración.


El scroll infinito no es una función: es una decisión de diseño


Merece la pena empezar por un dato que muchos desconocen. El scroll infinito —la eliminación del final de la página, de forma que el contenido se carga indefinidamente— fue inventado en 2006 por el diseñador Aza Raskin. Años después, Raskin ha declarado públicamente su arrepentimiento y ha explicado el principio detrás: cuando eliminas los puntos de parada naturales, eliminas también los momentos en los que el usuario decide si continuar.


Esto es psicológicamente muy relevante. Antes del scroll infinito, terminar una página era un momento de decisión: ¿sigo o paro? Cada uno de esos momentos activaba el sistema de control ejecutivo, que evalúa y decide. Al eliminarlos, la conducta deja de estar mediada por decisiones y pasa a estar mediada por el impulso. No es que la persona decida seguir. Es que nunca llega el momento de decidir parar.


Querer sin disfrutar: la disociación de los dos sistemas


Kent Berridge, neurocientífico de la Universidad de Michigan, demostró que el cerebro tiene dos sistemas distintos para relacionarse con las recompensas: el sistema del querer, mediado principalmente por dopamina, que impulsa la búsqueda y la anticipación; y el sistema del disfrutar, mediado por opioides endógenos, que produce la experiencia subjetiva de placer.


Estos dos sistemas pueden funcionar de forma independiente. Y el scroll infinito es probablemente uno de los mejores ejemplos cotidianos de esa disociación: el sistema del querer se mantiene activo —siempre hay algo más abajo, siempre puede haber algo interesante— mientras que el sistema del disfrutar apenas se activa, porque el contenido consumido es en su mayoría irrelevante y de bajo impacto.


El resultado es exactamente la experiencia que describe mucha gente: seguir sin disfrutar. Querer más de algo que no está dando nada.


El scroll no te deja vacío porque hayas perdido el tiempo. Te deja vacío porque activa la búsqueda sin activar nunca la satisfacción.


Por qué no queda nada en la memoria


Hay otro elemento que explica la sensación de vacío: la falta de codificación en memoria. Para que una experiencia se consolide en la memoria a largo plazo hace falta atención sostenida y algún grado de procesamiento profundo. El consumo de contenido en formato scroll rápido no permite ninguna de las dos cosas.


La investigación sobre niveles de procesamiento, desde los trabajos clásicos de Craik y Lockhart en 1972, demostró que la información procesada de forma superficial —solo por sus características perceptivas— se retiene mucho peor que la procesada de forma profunda, con elaboración semántica. El contenido de scroll se procesa de forma superficial por definición: la siguiente pieza llega antes de que la anterior haya podido elaborarse.


Por eso queda esa sensación extraña de tiempo transcurrido sin contenido. Objetivamente, ha pasado el tiempo. Subjetivamente, no ha quedado casi nada que la memoria pueda recuperar. Y esa discrepancia se experimenta como pérdida.


Uso pasivo frente a uso activo


Una distinción que la investigación ha establecido con bastante consistencia es la que separa el uso pasivo del uso activo de las plataformas digitales. El uso activo —conversar, crear, interactuar con personas concretas— tiene efectos sobre el bienestar que en muchos estudios son neutros o incluso positivos. El uso pasivo —consumir contenido sin participar— se asocia de forma más consistente con menor bienestar subjetivo, más comparación social ascendente y peor estado de ánimo posterior.


El scroll infinito es, por diseño, la forma más pura de uso pasivo. No hay interacción, no hay creación, no hay conversación. Solo consumo. Y por eso concentra los efectos negativos de forma especialmente clara.


Qué hacer con esto


Lo más eficaz no suele ser la fuerza de voluntad, porque la fuerza de voluntad es un recurso limitado que compite en desventaja contra sistemas diseñados por equipos enteros para captar atención. Lo más eficaz es reintroducir los puntos de decisión que el diseño eliminó.


Esto puede hacerse de forma muy concreta: poner un temporizador antes de abrir la aplicación, no en el móvil sino fuera de él; usar los límites de tiempo que los propios sistemas operativos ofrecen; eliminar la aplicación del móvil y acceder solo desde el navegador, que es más incómodo; o simplemente decidir de antemano a qué se entra y salir cuando eso se ha hecho.


Y hay algo más de fondo: preguntarse qué se estaba buscando al coger el móvil. Muchas veces la respuesta no es entretenimiento. Es evitar el aburrimiento, la ansiedad, una tarea pendiente o una emoción incómoda. Y si eso es lo que hay debajo, ninguna app va a resolverlo.

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Referencias y fundamento científico

Berridge, K. C., & Robinson, T. E. (2003). Parsing reward. Trends in Neurosciences, 26(9), 507–513.

Craik, F. I. M., & Lockhart, R. S. (1972). Levels of processing: A framework for memory research. Journal of Verbal Learning and Verbal Behavior, 11(6), 671–684.

Verduyn, P., Ybarra, O., Résibois, M., Jonides, J., & Kross, E. (2017). Do social network sites enhance or undermine subjective well-being? Social Issues and Policy Review, 11(1), 274–302.

Schultz, W. (2016). Dopamine reward prediction error coding. Dialogues in Clinical Neuroscience, 18(1), 23–32.

Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology. Penguin Press.


 

 
 
 

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