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Por qué las redes sociales activan tu sistema de amenaza

5 oct
3 min de lectura

¿Alguna vez has sentido el cuerpo tenso después de diez minutos en redes sin que hubiera pasado nada malo? ¿Has notado que ciertas aplicaciones te dejan inquieto en lugar de relajado? No es sugestión. Hay una explicación fisiológica bastante precisa.


No ha pasado nada. Nadie te ha atacado, nadie te ha criticado, no hay ninguna mala noticia dirigida a ti. Has estado diez minutos mirando una pantalla. Y sin embargo el cuerpo está distinto: la mandíbula un poco apretada, la respiración algo más superficial, una inquietud de fondo que no estaba antes.


El cuerpo ha detectado algo que la mente consciente no ha registrado.


Los tres sistemas de regulación emocional


Paul Gilbert, psicólogo clínico británico y creador de la terapia centrada en la compasión, propuso un modelo que resulta especialmente útil aquí. Según su formulación, la regulación emocional humana opera a través de tres sistemas interrelacionados. El sistema de amenaza, orientado a detectar peligro y protegerse, asociado a emociones como el miedo, la ansiedad y la ira. El sistema de logro o impulso, orientado a buscar recursos y conseguir objetivos, mediado por dopamina. Y el sistema de calma y afiliación, orientado a la seguridad y la conexión, mediado en parte por oxitocina y por el sistema opioide.


El bienestar psicológico depende en buena medida del equilibrio entre estos tres sistemas. Y aquí está el punto: el consumo de redes sociales tiende a activar intensamente los dos primeros —amenaza y logro— mientras deja prácticamente inactivo el tercero.


Por qué las redes activan la amenaza


Hay varios mecanismos operando simultáneamente. El primero es la evaluación social constante. Los seres humanos somos extraordinariamente sensibles a nuestra posición en la jerarquía del grupo, porque durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva el estatus social determinaba el acceso a recursos y protección. Toda métrica pública —likes, seguidores, visualizaciones— es información sobre posición relativa. Y el cerebro la procesa como tal.


El segundo es el sesgo de negatividad. Existe evidencia robusta, sintetizada por Baumeister y colaboradores en su influyente artículo de 2001, de que la información negativa tiene mayor peso psicológico que la positiva de magnitud equivalente. Los algoritmos de recomendación, optimizados para maximizar el tiempo de permanencia, tienden a priorizar contenido que genera activación emocional intensa. Y el contenido que más activa suele ser el que indigna, alarma o amenaza.


El tercero es la exposición a conflicto sin resolución. Los sistemas de estrés humanos están diseñados para activarse ante una amenaza, generar una respuesta y desactivarse cuando la amenaza pasa. El conflicto social en línea —discusiones, indignación, polarización— activa el sistema sin ofrecer ninguna vía de resolución. La activación se produce, pero el cierre no llega.


El cuerpo no distingue entre una amenaza real y una amenaza simbólica. Y una pantalla puede generar bastantes de las segundas en muy poco tiempo.


El coste de un sistema de calma que no se activa


Lo que resulta especialmente relevante desde el punto de vista clínico no es solo que las redes activen la amenaza. Es que no activan el sistema de calma y afiliación. Ese sistema se activa fundamentalmente a través de señales de seguridad interpersonal directa: contacto físico, tono de voz cálido, expresiones faciales de aceptación, presencia compartida.


Ninguna de esas señales está presente en la interacción digital de forma completa. Un mensaje de texto no lleva prosodia. Un like no lleva expresión facial. Y aunque una conversación por escrito puede ser significativa y valiosa, el sistema fisiológico que produce la sensación corporal de calma y seguridad no se activa igual.


El resultado es una asimetría problemática: mucho estímulo de amenaza y logro, muy poco de calma. Es como conducir con el acelerador y sin freno.


Lo que se puede hacer


La estrategia más eficaz no suele ser eliminar las redes, que para muchas personas cumplen funciones reales de conexión e información. Es reequilibrar los sistemas. Esto significa asegurar deliberadamente entradas al sistema de calma: contacto presencial, conversaciones sin pantalla de por medio, contacto físico afectivo, naturaleza, actividades sin objetivo ni evaluación.


También ayuda observar la propia respuesta corporal durante el uso. Notar la tensión, la respiración, el estado del cuerpo después de una sesión de scroll. Esa información —que suele pasar desapercibida— es el mejor indicador disponible de qué está haciendo realmente cada plataforma con el sistema nervioso de cada uno. Y suele ser más útil que cualquier estadística general.

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Referencias y fundamento científico

Gilbert, P. (2009). The compassionate mind: A new approach to life's challenges. Constable & Robinson.

Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K. D. (2001). Bad is stronger than good. Review of General Psychology, 5(4), 323–370.

Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory. W. W. Norton.

Sapolsky, R. M. (2004). Why zebras don't get ulcers (3rd ed.). Henry Holt.

Verduyn, P., et al. (2017). Do social network sites enhance or undermine subjective well-being? Social Issues and Policy Review, 11(1), 274–302.


 

 
 
 

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