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Por qué me siento vacío aunque 'todo vaya bien'

Llevas semanas esperando ese momento. Puede ser cualquier cosa: el fin de un proyecto agotador, las vacaciones que por fin empiezan, la noticia que estabas esperando, el objetivo que por fin se ha cumplido. Y llega. Y hay un momento de alivio, quizás de alegría. Y después, a los pocos días o incluso a las pocas horas, aparece algo que no esperabas: una especie de vacío. Una sensación de 'y ahora qué' que no sabes cómo explicar.


Lo peor no es la sensación en sí. Lo peor es la culpa que viene con ella. Porque todo va bien. Porque no deberías sentirte así. Porque hay gente con problemas de verdad. Y sin embargo, ahí está.


Hay una explicación para esto. Y no tiene que ver con ingratitud ni con carácter.


El cerebro y la trampa de la llegada


El psicólogo Tal Ben-Shahar, de Harvard, acuñó el término 'falacia de la llegada' para describir la creencia de que alcanzar un objetivo futuro traerá, por fin, una satisfacción duradera. Es la lógica del 'cuando tenga esto, seré feliz'. 'Cuando llegue allí, todo tendrá sentido'. El problema es que el cerebro tiene un mecanismo incorporado que hace que eso nunca ocurra exactamente como se esperaba: la adaptación hedónica.


El psicólogo Phillip Brickman y sus colaboradores publicaron en 1978 un estudio que se ha convertido en referencia obligada. Compararon a personas que habían ganado la lotería, personas que habían sufrido accidentes graves y un grupo de control. Con el paso del tiempo, los tres grupos tendían a converger en sus niveles de bienestar subjetivo. Lo que parecía que lo cambiaría todo se convierte, en semanas o meses, en el nuevo normal. El cerebro se adapta. Y vuelve a buscar el siguiente punto de llegada.


El vacío que aparece después de conseguir algo no es ingratitud. Es la señal de que el logro no era lo que en realidad se buscaba.


Cuando la identidad depende solo del rendimiento


Parte del problema está en cómo se ha construido la identidad. Cuando el sentido de quién se es depende casi exclusivamente de lo que se produce, consigue o acumula, el cerebro no tiene un marco interno desde el que generar significado duradero. El sistema de recompensa se activa ante el logro, pero si no hay un yo suficientemente consistente —con valores propios, con una vida que tenga sentido más allá de los resultados— la satisfacción se evapora rápido.


La neurociencia lo describe de forma precisa: el sistema dopaminérgico del querer puede mantenerse activo e impulsar la búsqueda mientras el sistema opioide del disfrutar queda silenciado. El resultado es perseguir sin sentir. Llegar sin aterrizar. Lograr sin que nada de eso llegue a llenarse de verdad.


Lo que no se ha sentido, se acumula


Hay otro factor que suele estar presente y que pasa más desapercibido. Muchas personas altamente funcionales han desarrollado, con el tiempo, una habilidad notable para seguir adelante sin detenerse demasiado en lo que duele. El proyecto que no salió. La relación que se perdió. La etapa que quedó atrás sin haber sido suficientemente despedida. Se aprende a no darle demasiado espacio a lo que no es productivo. A no perder tiempo mirando hacia atrás.


James Gross, investigador de la Universidad de Stanford, ha documentado en extenso los efectos de la supresión emocional a largo plazo: a corto plazo reduce la intensidad de la emoción visible, pero no la experiencia interna. Y a largo plazo, interfiere con la capacidad de procesar y generar significado a partir de lo vivido. Lo que no se siente no desaparece. Se acumula en forma de una desconexión difusa que, llegado el momento de la calma, aflora como vacío.


El vacío como señal, no como diagnóstico


Desde una perspectiva clínica, el vacío no es el problema en sí. Es la señal del problema. Y lo que señala, en la mayoría de los casos, es una desconexión entre la vida que se lleva y la vida que tendría sentido llevar. Una identidad construida demasiado sobre la expectativa externa. Una historia emocional que no ha tenido suficiente espacio para integrarse. Una relación con uno mismo que todavía está por construir.


Tomarse esa señal en serio —en lugar de ignorarla, justificarla o tapizarla con el siguiente objetivo— es el primer paso hacia algo distinto. No requiere que algo esté roto. Solo requiere estar dispuesto a mirar.



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Referencias y fundamento científico

Brickman, P., Coates, D., & Janoff-Bulman, R. (1978). Lottery winners and accident victims: Is happiness relative? Journal of Personality and Social Psychology, 36(8), 917–927.

Ben-Shahar, T. (2007). Happier: Learn the secrets to daily joy and lasting fulfillment. McGraw-Hill.

Berridge, K. C., & Robinson, T. E. (2003). Parsing reward. Trends in Neurosciences, 26(9), 507–513.

Gross, J. J. (2002). Emotion regulation: Affective, cognitive, and social consequences. Psychophysiology, 39(3), 281–291.

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy (2nd ed.). Guilford Press.

 
 
 

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